Capítulo VIII
De las tres especies de agravios con que los hombres son perjudicados
Cumple Aristóteles lo que prometió al fin del capítulo pasado, y distingue
por sus especies los agravios para que puedan mejor juzgar dellos los hombres,
primeramente en dos especies, diciendo cómo hay unos forzados y otros voluntarios,y éstos son los peores de todos. Los forzados después dividelos en dos especies,
unos que suceden por violencia, que son los que el principio y causa procede de
fuerza, y otros por ignorancia. Los de ignorancia divide en otras tres especies:
unos que proceden de ignorancia crasa, que procede de la negligencia que uno
tuvo en saber lo que le convenía para hacer las cosas, y éstos son los peores; otros
de ignorancia invincible (como dicen nuestros teólogos), como fue el parricidio
y maternal ajuntamiento que de Edipo se cuenta en las fábulas antiguas; otros,
por fortuna, como si a uno, reventándole el arcabuz, le aconteciese herir o matar
al que le está al lado.
Pero cuando alguno de los justos o injustos sobredichos hace algún agravio
o alguna obra de justicia, dícese que hace justicia o agravio si lo hace de su
propria voluntad. Mas si por fuerza lo hace, ni hace justicia, ni agravia, sino
accidentariamente, porque aconteció ser justo o injusto lo que hacía. Pero el agravio
y la obra de justicia distínguense en ser voluntarias o forzosas, porque el agravio
cuando se hace voluntariamente es reprendido y es agravio entonces. De manera,
que puede acontecer que alguna cosa sea injusta y no sea aún agravio, si no se le
añade el ser obra voluntaria. Llamo voluntario (como ya al principio se dijo) lo
que uno hace por sí mismo, entendiendo que está en su mano, y no ignorando a
quién, ni con qué, ni por qué lo hace, como si hiere sabiendo a quién hiere, y con
qué y por qué lo hiere, y cada cosa déstas la hace de propósito deliberado y no
accidentariamente ni por fuerza. Como si uno tomando la mano de otro lo hiriese
con su misma mano, no herirá el tal voluntariamente, porque no está en su mano el
no hacerlo. Puede también acontecer que el que fue herido fuese el padre, y el que
lo hirió lo tomase por otro alguno de los que presentes estaban, y no entendiese que
era su padre. Lo mismo habemos de decir del fin por que lo hizo, y en fin de todo el
hecho. Todo aquello, pues, que se hace no entendiéndose, o ya que se entienda no
estando en su mano, o por ajena violencia, se dice ser forzoso. Porque muchas cosas
de las que naturalmente hay en nosotros sabiéndolas las padecemos o hacemos, de
las cuales ninguna se dice voluntaria ni forzosa, como el envejecerse y el morir, y
lo mismo es en las cosas justas y injustas lo que accidentariamente sucede. Porque
si uno por fuerza y por temor restituyese lo que tenía en depósito, no diremos que
obra lo de justicia, ni que hace cosas justas sino accidentariamente. De la misma
manera el que por fuerza y contra su voluntad deja de restituirlo, accidentariamente
diremos que hace agravio y obra cosas injustas. Las cosas, pues, voluntarias, unas
se hacen por elección y otras sin elección. Por elección se hacen las cosas que
se hacen con consulta, y sin elección las que se obran sin consulta. Siendo, pues,
tres las especies de los daños que en las contrataciones suceden, las cosas que por
ignorancia se hacen son hierros, cuando uno los hace no entendiendo ni a quién,
ni qué, ni con qué, ni por qué. Porque o no pensó arrojarlo, o no aquel, o no con
aquello, o no por aquel fin, sino que sucedió al revés de como él pensó, como si lo arrojó, no por herirle, sino por picarle, o si no a quien quiso, o no como quiso.
Cuando el daño, pues, es fuera de razón, dícese desgracia, pero cuando es no fuera
de razón, pero sin malicia, dícese hierro (porque hierra uno cuando en él está el
principio y origen de la causa, y es desgraciado cuando en él no está); mas cuando
lo entiende y no lo hace sobre consulta dícese injuria o agravio, como lo que por
enojo se hace, o por otras alteraciones que o la necesidad o la naturaleza a los
hombres acarrea. Porque los que en semejantes cosas perjudican y hierran, dícense
que hacen injuria, y los hechos se llaman agravios, pero ellos por esto no son aún
del todo injustos ni perversos, porque aquel tal daño no procede de maldad. Pero
cuando con consulta y elección lo hace, llámase injusto y mal hombre. Por esto las
cosas que con enojo se hacen no se dicen, y con razón, proceder de providencia.
Porque no comienza el hecho el que hace algo con enojo, sino el que le hace que se
enoje. A mas desto en semejantes negocios nunca se disputa si fue así o si no fue,
sino si hubo justa razón para ello, porque la saña es una injuria manifiesta; ni se
disputa si fue o no fue, como en las contrataciones, en las cuales, de necesidad el
uno o el otro ha de ser mal hombre, si ya por olvido no lo hacen, pero cuando del
hecho concuerdan, dispútase cual de las dos partes pide justicia, mas el que antes
de hacerlo pensó y deliberó no lo ignora. De manera, que el uno pretende que ha
recebido agravio, y el otro que no. Pero el que sobre consulta hace daño, hace
agravio, y así el que semejantes agravios hace ya es injusto, cuando fuera de
proporción y de igualdad lo hace. De la misma manera el justo cuando sobre
deliberación hiciere alguna obra justa, la cual entonces la hace, cuando la hace
voluntariamente. Pero de las cosas forzosas unas hay que son dignas de misericordia
y otras que no. Porque las cosas que los hombres hierran no sólo ignorantemente,
pero también por ignorancia, dignas cierto son de misericordia. Pero las que se
hacen, no por ignorancia, sino ignorantemente por alguna alteración ni natural ni
humana, no son dignas de misericordia.










